Roki

December 1, 2017

Como cualquier otro.

Único, como cualquier otro.

 

Siempre ha sido un perro de campo, siempre vivió en la arena y el cemento frente a la casa, y durmió en un cobertizo que hace las veces de garaje y de trastero.

Nunca le permitieron entrar en casa, si alguna vez lo intentó fue reprendido con gritos y golpes, ahora es algo tan arraigado en su conciencia que si lo llamas para que entre ni siquiera logra entenderlo.

 

Hace años su dueño murió y su destino quedó en manos de una pequeña y enjuta mujer, que siempre tuvo muy mala memoria, de vez en cuando los vecinos le daban algo de comer, más por evitarse el hedor de un cadáver que por compasión como tal.

 

Con los años las comidas se fueron distanciando tanto como el alzheimer se iba arraigando en su dueña, un buen día ya no recordó que jamás hubiese tenido un perro.

 

No supuso ninguna diferencia. Roki nunca buscaba los cariños que siempre le fueron negados, nadie osó jamás acariciarlo, ni siquiera cuando era pequeño y bonito. Ninguno de sus dueños le dio el valor que pueda tener una vida, nadie vio en él otra utilidad que la de mantener las ratas alejadas y ladrar cuando alguien se acercaba.

 

Cuando era joven eso lo hacía muy bien, ladrar fue su forma de afrontar una vida dura y carente de sentido.

Y perseguir los coches, su única pasión confesa.

 

Le costó caro, un día un coche pasó por encima de su pata trasera derecha.

Por supuesto nadie lo llevó al veterinario, se limitaron a darlo por muerto, sin demasiado pesar, sin molestarse en sacrificarlo para evitarle el dolor.

Pero no murió, aprendió a andar y a correr con tres patas, aprendió a mear apoyando sólo las patas delanteras como un gimnasta. Siguió ladrando con el mismo interés, pero decidió perseguir a los coches con más prudencia.

 

Algún tiempo después su dueña perdió totalmente la memoria, y lejos de recordar su familia o su propio nombre, fue internada en una residencia, donde su hijo la visitaba a menudo.

Cuando se fue, Roki se quedó solo en la puerta delantera de una casa de campo en medio de la nada, en el trozo de arena que fue su casa desde siempre, con la sola compañía de unos vecinos que lo despreciaban. Vivía de lo que podía cazar mientras aún podía, de lo que podía encontrar y lo de que los vecinos le daban cuando tenía suerte.

 

Hoy nadie sabe cuantos años puede tener, ni como se ha llenado de todas las cicatrices que cubren su áspero pelaje, ni como ha sobrevivido. Y lo peor es que nadie lo considera una gran proeza, sino sólo una curiosidad.

Ya ni siquiera puede ladrar, ni correr, pero en el fondo de sus ojos brilla el deseo de seguir vivo, aunque no sepa para qué.

 

 

El pasado verano mi abuela estuvo en esa casa, el último día de su estadía fui a ayudarla a recoger sus cosas para volver a su piso. Y entonces volví a ver a Roki.

 

Me dijeron que no lo tocase porque tenía pulgas y garrapatas, siempre las tuvo.

Me senté delante de él y le hice fotos, mi abuela me preguntó porqué le hacia fotos si era muy feo, es verdad, no es un perro bonito.

 

Lo fotografié, probablemente por primera vez en su vida.

Lo acaricié, seguramente por última vez en su vida.

 

Cuando me levanté para irme me siguió con sus acuosos ojos de obsidiana y creí entrever cierta gratitud.

Me subí al coche y evité que mis padres notasen que estaba conmovido, no lo entenderían y no tenía ganas de explicarlo.

 

Cuando nos fuimos Roki no persiguió al coche.

Sordo, incapaz de ladrar, viejo, cojo, sucio, feo y casi ciego... sólo se sentó en ese pedazo de tierra que le pertenecía, que había sido su casa, que sin duda sería su tumba.

 

 

 

Me importa porque no le importa a nadie más.

Quiero recordar su nombre, porque ha existido, quiero que su vida tenga algún sentido, al menos en mi recuerdo.

 

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